Fundación Colombiana de Psicotraumatología Noticias

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domingo, 23 de agosto de 2009

Carga emocional en la práctica de la psicología*.

“Entraron llorando a la escuela, ella podía tener unos 8 años, parecía mayor que quien supuse era su hermano, sus gestos denotaban una tristeza infinita y sobre todo un desamparo absoluto. La profesora que los acompañaba me hizo un gesto con su boca, como intentando señalarlos discretamente y centrar mi atención sobre su situación; los llevé a mi consultorio y salí a consultar con la docente qué era lo que sucedía; la respuesta me caló en lo más profundo y mi objetividad profesional tambaleó por un segundo: su madre los había dejado donde su vecina con la excusa que iba a la tienda, eso había sucedido 5 días atrás y ella aún no había regresado, los había abandonado.“

Fue la primera vez que estuve al frente de un caso de ésta índole, tenía 20 años y era mi primer año de ejercicio profesional, llegué a mi casa 5 horas después y aún no podía dejar de pensar en esos dos niños y fue en ese preciso instante donde me cuestioné por primera vez sobre qué hacer con ese tipo de cargas, cargas de carácter emocional que son diariamente transmitidas a personas que como yo, y seguramente como muchos de ustedes, escogimos una carrera cómo la psicología, donde el tráfico de emociones es inevitable.

La respuesta en ese entonces a la situación y mis sentimientos al respecto era que con el tiempo y la experiencia la sensibilidad demostrada ante ese evento disminuiría. Hoy, el tiempo ha pasado y las experiencias se han acumulado, y me pregunto, y les extiendo mi pregunta a ustedes: ¿Cómo manejar en nuestra práctica profesional el impacto de las emociones producto de nuestro trabajo?, ¿El exponerse a experiencias de éste tipo en nuestro diario vivir nos lleva directamente a que nuestro nivel de sensibilidad como personas disminuya?, ¿Es posible evitar el impacto emocional que conlleva el tratar este tipo de situaciones?, y de ser así, ¿cómo hacerlo?

Estoy seguro de que entre todos podremos llegar a conclusiones interesantes al respecto, ¿No les parece?, y por qué no, brindar información valiosa a quienes aún se encuentran en el camino de la universidad, lugar donde, por cierto, no se habla mucho al respecto./strong>


“EL TEMA QUEDA ABIERTO A USTEDES
COLEGAS ESPERAMOS SUS COMENTARIOS Y OPINIONES EN NUESTRA CAJA DE RESPUESTAS.


*en unas ramas de la psicología más que en otras

martes, 18 de agosto de 2009

Al principio de esta historia...


Muchas veces nos preocupamos por el futuro, por el día de nuestro grado como Psicólogos, por los estudios que vamos a realizar próximamente, por nuestra tesis de especialización, el trabajo que queremos conseguir y un sinnúmero de cosas más, sin embargo, solemos olvidar cómo fue que conocimos a la psicología, o más bien cómo la psicología nos conoció a nosotros; cómo fue que inició éste camino y cómo fue que por primera vez tuvimos contacto con lo que hoy es una pasión. Hoy pensando un poco sobre el pasado, recordé aquellos momentos hace algunos años y quise compartirlos con ustedes colegas, y por qué no, dejar la puerta abierta para llenarme de sus experiencias:

Decidí estudiar Psicología a los 14 años, fue una cuestión de insight, por decirlo de alguna forma, sólo se me vino a la cabeza mientras revisaba planes de estudio de varias carreras, y me hizo sentir tan seguro que nada pudo dar marcha atrás a mi decisión. “Es una carrera para niñas” decían unos, afortunadamente estaba seguro de quién era y cómo me sentía y tenía la capacidad para saber que una profesión no determina tu género y viceversa; “Te vas a morir de hambre” decían otros, muchos otros en realidad, pero bueno, el dinero nunca ha sido una prioridad para mí, pensé, y recordé a Facundo Cabral a quien alguna vez le escuché contar que un periodista le preguntó que por qué Julio Iglesias tenía más fama y dinero que él si no era mejor cantante y Facundo respondió que la vida todo lo hacía bien y que si le había dado más fama y dinero a Iglesias era porque éste los necesitaba para vivir y que por esa misma razón a él no le había dado dinero pero lo había hecho más libre, justo como él lo necesitaba.

Hoy recuerdo ésta anécdota y no puedo evitar sonreír, sonreír porque me hace feliz ver que los prejuicios no pudieron truncar mi iniciativa, por recordar que mi padre y mi madre se sobrepusieron a los complejos y el qué dirán y me apoyaron en cada paso dado hasta hoy; no puedo evitar sonreír porque hoy puedo asegurar que soy psicólogo, de los buenos, de los que se apasionan por su profesión y la respiran cada día.


Macía


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